Nuestro País México

La Panza de los Filósofos. Somos lo que comemos: Del plato al espíritu

Desde el principio de la vida, sabemos que la comida es indispensable para nuestro desarrollo físico, y que alimentarnos es una -quizá la más importante- de nuestras necesidades primordiales. Aprendemos a comer en diversos sentidos: como habilidad motriz, cuando logramos dominar el uso de los instrumentos con los que hacemos llegar la comida a nuestro cuerpo, y logramos asir la cuchara y el tenedor de manera correcta; como conocimiento nutrimental, cuando sabemos de las vitaminas, proteínas, y demás sustancias que debemos proveernos para mantener la salud y llevamos una dieta balanceada, adecuada a las necesidades de nuestro cuerpo; incluso como actitud, cuando elegimos ciertos alimentos sobre otros, orientados por circunstancias sociales, culturales o económicas.

Pero, ¿hemos aprendido a comer pensando en el valor moral, psicológico o espiritual que se encuentra implicado en nuestras costumbres y tradiciones alimenticias? Se sabe que los pueblos prehispánicos en México cultivaron una estrecha relación con la comida en este sentido, y uno de los principales ejemplos lo encontramos en el consumo de chocolate. El cacao, que fue utilizado como moneda en aquellas civilizaciones, era al mismo tiempo un producto de valor espiritual, intelectual y social. Para los aztecas y mexicas el chocolate era una bebida prestigiosa, reservada a los nobles y a los guerreros, por lo que su consumo estaba negado para las clases más pobres, donde este manjar únicamente podía tener sentido como moneda, y consumirlo era tan absurdo como comerse el dinero. Por otro lado, los mayas encontraron en el chocolate la cualidad de impartir sabiduría espiritual entre quienes lo consumían, y reconocieron sus cualidades afrodisíacas, convidándolo en las bodas para dar energía y potenciar la virilidad de los comensales.

Pero esta clase de relaciones no sólo tienen que ver con los efectos de la comida en nuestro cuerpo, sino también con el mundo emocional y psíquico que motiva nuestro deseo por consumir ciertos alimentos y no otros. Una posible explicación de esta clase de relaciones la otorga la medicina unani, que toma como referencia la antigua teoría de los humores, desarrollada por el griego Hipócrates. Esta propuesta considera la existencia de cuatro tipos de humor (bilis, bilis negra, flema y sangre), que se relacionaron con las características distintivas de la personalidad y la fisonomía de cada individuo. Eventualmente, esta teoría se incorporó al pensamiento árabe y persa, desde donde se expandió a través del Mediterráneo.

Una de las aportaciones más llamativas de esta teoría médica tiene que ver con la relación que establece entre las necesidades emocionales y las apetencias gastronómicas, afirmando que existen vínculos simbólicos entre nosotros y nuestra comida. Por ejemplo, la maternidad se ve representada en los sabores lácteos, y la preferencia por este tipo de alimentos es, a su vez, una manifestación de la necesidad del cobijo materno. Asimismo, los sabores picantes se asocian simbólicamente con la figura paterna, y su defecto o exceso en nuestra dieta, tiene igual relación con la necesidad psíquica de dicha figura.

Otro caso interesante sobre las múltiples dimensiones que alcanza nuestra relación con la comida, es la creciente tendencia al vegetarianismo, veganismo y demás variantes alimenticias que excluyen en diferentes grados el consumo de productos animales. Aunque existe una amplia gama de variaciones, tanto en los regímenes alimenticios de este tipo como en las justificaciones para asumirlos, una de las principales consignas para adoptar este estilo de vida, es de carácter moral: el respeto a los animales.

Esta clase de alimentación ha tomado fuerza en la actualidad por razones muy diversas, pero se trata también de un principio ancestral, ligado a una práctica “religiosa” antiquísima: el budismo. Desde hace aproximadamente veinticinco siglos, el budismo ha defendido la compasión como uno de sus más sólidos pilares para orientar la conducta de sus seguidores. A través de este valor, apela al reconocimiento de las múltiples manifestaciones del sufrimiento, adoptando la convicción de que es posible cesar esta condición, en apariencia inherente a la vida humana.

Así, el respeto a la vida que el budismo busca fomentar, tiene como base no sólo la convicción de recuperar y exaltar un valor moral, o una ética determinada, sino una premisa filosófica que rompe con el dualismo que ha impuesto un límite entre ‘yo’ y ‘otro’, en busca de una concepción del mundo que integre armoniosamente todos sus elementos.

La comida será siempre una necesidad inexorable a los seres vivos; para nosotros, un alimento que va mucho más allá del hambre, un arte que tiene la inagotable posibilidad de satisfacer necesidades, convicciones, ausencias y deseos, aunque no siempre lo sepamos.

 

Ana Ortíz Romero

Cofixal

 

Redaccion Nuestro País

Agregar comentario

Follow us

Don't be shy, get in touch. We love meeting interesting people and making new friends.

Most popular