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La panza de los filósofos. Pensar en comer: la comida como cultura

En un principio fuimos monos (si estamos de acuerdo con la teoría de la evolución), vivíamos en los árboles, en la seguridad de sus medianías, de aquellos enormes antepasados de los hoy conocidos; como aún hoy lo hacen los monos.  A la mitad para salvaguardarse de los peligros tanto de arriba como de abajo; de las aves y los leopardos. Subsistíamos con gramíneas y frutos, bajando de vez en vez para recoger un manjar.

Animales emparedados por cielo y tierra que en un momento dejaron la salvaguarda de su arbolada; las bestias evolucionaron, una especie de homínidos que fueron desarrollando capacidades más avanzadas, desarrollando así una nueva comprensión de su entorno. En primera instancia, los modos y gustos alimentarios cambiaron; además de frutos y ramas y cereales, comenzaron a consumir carne. Primero carroña; fueron evolucionando más, sus cráneos cambiaron, sus dientes cambiaron. Se volvieron omnívoros; carne, frutos, hierbas.

Mas, este cambio, bajar del árbol, trajo consigo algunas necesidades, entre las cuales la primera que surgió fue la de protegerse de los peligros sin ayuda arbórea, lo que a la larga sentó la posibilidad  de ayuntarse entre individuos y con ello vino el ayudarse para poder conseguir comida, pero, ahí no acaba la cosa. A su vez, la cacería trae consigo la invención de hachas, lanzas, cuchillos y flechas. Dominaron la hechura de utensilios y armas. Con esto llegó la invención de habilidades para quitar la piel, cortar la carne.

Entre otros hechos, los homínidos se irguieron, dándoles una imagen más imponente ante los animales que siempre los depredaron; asimismo, les proporcionó una nueva perspectiva, un nuevo punto de mira, su visión alcanzo mayores distancias. Pero bueno, igualmente, se posibilitó, por medio de esos primeros visos de asociación entre homínidos, el acrecentamiento en sus modos de comunicación, es decir, su arcaica lengua se transformó de las exclamaciones de peligro y deseos, en un lenguaje que sólo podía referirse a lo presente, a registros que dieron como rasgo de su comunicación ya no sólo hablar de lo inmediato sino que pudieron hablar de cosas que no estuvieran presentes trayéndolas a colación.

A saber, su lenguaje se acrecentó. El mundo se extendió y cada nueva forma de nombrar configuraba y permitía una relación que va reglamentando nuestra actuación ante lo que está afuera amenazando o donando beneficios, es decir, comienzan a configurar su entorno y así edificar un mundo de sentido, un mundo entendible.

Por otra parte, los cambios en su osamenta trajeron a su vez la exigencia de la manipulación de lo que cazaban y recolectaban; entonces, apareció el fuego y eso hizo fácil tal manipulación o abrió mayores posibilidades para ésta. Así comenzaron ellos a cocinar; luego, parafraseando a Montaigne: comer se hizo una de las cuatro finalidades de la vida humana. Y qué con todo esto, podría pensarse.

Volvamos con Montaigne y ahora, sí, citemos: comer es una de las cuatro finalidades de la vida humana; las otras tres nunca he podido saber cuáles eran. Mucho se ha hablado, desde la antigüedad, de muchos actos o actitudes como finalidades del hombre, en su vida, entre las cuales se encuentran la felicidad, además de la propuesta por este pensador francés. Podríamos entrelazarlas  y decir que para ser felices, muchas de las veces es simple, aunque no fácil de cubrir, necesitamos comer.

Eso nos lo presenta lo que he venido diciendo, porque uno de los impulsos para dejar los árboles fue la comida y por ella también se desarrollaron habilidades como la caza y la agricultura. Y con estas la convivencia, una convivencia que nace por la necesidad de flanquear a la muerte. Salvaguardarse del peligro, la asociación, la convivencia nace del miedo a sucumbir. Esa fue una actitud que se observa desde el momento del abandono de la paz arbórea.

Así pues, con esto podemos pensar la incursión de la cocina en la vida de los homínidos, los homo sapiens y por último de los hombres como una incursión a la interioridad de una sociedad, ya que, como la mayoría de las actividades entre los hombres que a la larga se van volviendo una tradición, una costumbre, la cocina se transforma en un modo de interacción entre los individuos, coadyuva a la fabricación de gustos y preferencias; crea recuerdos y adereza las relaciones interpersonales.

Con esto quiero decir, la cocina, la comida y la alimentación son como la mayoría de los gustos y preferencia de los individuos sobre las cosas una manifestación de su cultura y esto se puede entender a partir del hecho siguiente: a pesar de que seamos pensados, los hombres quienes son los cocineros, como omnívoros, tal cuestión no es así, del todo, debido a que como reza un latinismo, aquí pobremente traducido al español, en gustos no hay discusión, a saber, si bien comemos de todo o casi de todo, ese todo se restringe a lo que se ha pactado de ante mano como comestible o consumible, quiero decir, no es un majar para un mexicano el comer perro como si lo es para alguien en alguna cultura de oriente.

Entonces, digamos, la cocina se fue transformando de un mero modo de solventar una necesidad a una culturización. Así, el comer se vuelve en un estilo, un estilo de vida y en tanto eso, puede pensarse a la cocina envuelta en un desarrollo histórico, con el cual explica, aunque no a cabalidad, un modo de entender nuestro papel en el mundo; no a cabalidad porque se trata de un modo de ser social que a su vez esta en relación con otros modos de socialización como lo es la economía, el comercio y la salud.

Este camino hasta aquí andado pretende mostrar que la cocina en tanto cultura puede ser un recurso por el cual puede ser explicado una arista de lo que es el hombre, un lapso de su historia y pensando la filosofía como Nietzsche, en una de tantas definiciones que da, a saber, como una forma general de la historia , una tentativa  de describir de alguna manera el devenir y sintetizarlo en signos, podemos decir que la cocina es una buena manera de alimentar pláticas en pro de acrecentar nuestro conocimiento de costumbres en el comer y con ello en el modo de ser, pues pues dime que comes y te diré quien eres.

Recapitulando. Fuimos monos, descendimos de los arboles, aprendimos a relacionarnos con otros, a hacer sociedad por miedo a la muerte, mismo que nos llevo a acrecentar el lenguaje para defendernos y pedir; comenzamos a medir el mundo con palabras. Igualmente desarrollamos nuestra inteligencia; evolucionamos física y mentalmente, sofisticamos nuestros quehaceres, nuestros gustos y necesidades aprendimos a fabricar armas y utensilios para la caza en general, para sembrar y para comer, para esto último aprendimos a controlar el fuego, a combinar los alimentos a hacerlos mas bellos al grado que la cocina se volvió un arte.

De esta manera, podemos observar que la cocina y la hechura de ésta delatan modos de pensar, y en ellos, modos de relación hombre-mundo; desde hechos tales como: sentarse a la mesa y no sobre el piso para alimentarse,  el porqué los tenedores, por qué pollo y no serpiente o viceversa. En cierne podemos decir que la comida y en particular la cocina nos llevan a descifrar caracteres en lo social que definen regiones y países enteros, justamente esto nos permite pensar la comida como algo que va más allá del sólo deglutir todo tipo de alimentos o alimentos específicos, sino que nos pone ante la perspectiva de que la comida y el arte de la alimentación son, también, cultura. Misma que puede ayudarnos a aprender más de la historia del mundo.

Ricardo Paredes

Colegio de Filosofía de Xalapa AC

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