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La panza de los filósofos. Heidegger: del sustento campestre

Asentada al sur de Alemania, atravesada por el mítico Rin, tan exaltada por el romanticismo alemán, yace la Selva Negra. Región nombrada así principalmente por su pletórica espesura de abetos, hayas y robles, que apenas permite vislumbrar al peregrino sus senderos. Cuentan que fueron los romanos, quienes al transitar por esos oscuros caminos, dieron al bosque el nombre de Populus nigra; por otro lado, la gran densidad del territorio se ve acentuada por la tupida niebla matutina que Caspar Friedrich tanto gustaba de pintar en sus obras, lo que da al lugar un misterioso y onírico encanto. Fue en este paisaje de espesura bucólica en el que se paseaba Martin Heidegger, filósofo que, al pie de una montaña de la enigmática Selva erigió una cabaña como lugar para el acontecimiento del pensar. Desde allí, apartado de la velocidad intrínseca de la ciudad y del ruido de las multitudes, Heidegger construyó, habitó y pensó gran parte de su filosofía, misma que moldeó el siglo XX y que aún hoy resuena estruendosa.

Es curioso que un filósofo, cuyo pensamiento ha trascendido fronteras lingüísticas y culturales, siempre se haya considerado a sí mismo como un hombre de campo, arraigado a la tierra y al tradicional estilo de vida de ésta. Como bien se sabe, Heidegger se vestía, actuaba y comía como un campesino de la Selva Negra, quien a pesar de los años que ocupó la catedra de filosofía en la Universidad de Friburgo, nunca pudo sentirse parte del ambiente universitario y citadino, llegando incluso a despreciarle en su correspondencia. Es por ello que durante la pausa semestral el maestro volvía siempre a su cabaña para tomar parte de la existencia simple y apartada del campo.

Podemos imaginar la escena, él se despierta al alba y comienza a cortar leña, vuelve a casa y desayuna un Bauernfrühstück (literal desayuno del campesino) platillo típico del hombre de campo suabo, el cual consta primordialmente de papas cocidas con pimienta negra y servidas en trozos, cebolla frita con manteca, tocino y huevo como base de los otros ingredientes. Necesita de ese pesado desayuno, pues acto seguido el maestro se retira a su estudio para entregarse durante horas a su trabajo filosófico; esfuerzo del pensar y del acuñar palabras que, como solía decir, se equipara al esfuerzo del pastor que a paso lento y meditativo arrea su ganado cuesta arriba, que requiere una fuerza similar a la resistencia erguida del abeto ante la tormenta.

Después de horas de trabajo el profesor daba largas caminatas por el bosque, llevando consigo un Zwiebelkuchen o pastel de cebollas, pequeña tarta salada que incluye como principal ingrediente cebolla picada, además de tiras de tocino y comino; aperitivo ideal que los lugareños, al tratarse de un platillo liviano, cargaban consigo durante sus largos paseos. Así, podemos imaginarnos a Heidegger siguiendo senderos sin destino alguno, perdiéndose en oscuros parajes para luego retornar airoso a sus claros de bosque, su filosofía era una clara mímesis de este paisaje, en la que su de vida de “arriba” –como le gustaba nombrar a su estancia en la montaña- alumbraba al pensamiento que se difundía “abajo” (su vida universitaria en Friburgo).

Quizá durante estas largas caminatas, el filósofo esperaba encontrarse con algún labrador conocido que le invitase a su choza para disfrutar de una conversación y una comida simple, si esto sucedía era probable que degustaran Schupfnudeln, pasta que se elabora con fideos de papa, y como plato fuerte se sirviera jabalí o venado que el mismo labrador hubiese cazado en el bosque, algo que sin duda Heidegger apreciaba debido a su filosofía, la cual busca el “arraigo” y la pertenencia a un suelo desde el cual estar situados, una estancia desde la que se tiene “mundo” y no se está “sobre él”, desarraigados, una cotidianidad desde la que el mundo y las cosas nos interpelan y por ello nos hacen un sentido.

Así es la proximidad con el bosque que vive el leñador, su estar-en-el-mundo es un habitar con su entorno, se alimenta de los frutos que él mismo cosecha o recolecta en su andar y de los animales con los que co-habita en la inclemencia de la sierra. El profesor alemán añoraba la vida labriega que se aleja de la producción técnica y masificada de alimentos típica de las ciudades, comidas que nada saben de la demora ni de la paciencia con que el campesino procura sus cultivos, comensales que se abastecen de productos en los mercados sin siquiera sospechar el esfuerzo en el arado y la lentitud con que el fruto crece.

Sin duda en Heidegger persisten huellas del romanticismo que años antes había nacido, como el Danubio, en esa misma Selva Negra, un romanticismo que exaltaba al hombre pre-moderno y buscaba un retorno a la “experiencia originaria” de esta figura. Esa experiencia originaria es la que halla el filósofo en las oscuras montañas, en los <<caminos de bosque>> por los que paseaba, lento y meditativo, y quizá en su apego a esta tierra, en este rústico habitar reside toda la fuerza de su filosofía. Gadamer, amigo y discípulo del profesor, llegó a decir que Heidegger conservaba una fuerza primitiva y salvaje desde la que emanaba su “irresistible atractivo poético, su lucidez pre-humana y pre-socrática”.

Esta labriega soledad, no obstante, no es para Heidegger un aislamiento o una ascética misantropía; en su cabaña, el maestro recibe visitas por las tardes, amigos íntimos o alumnos selectos que se reúnen con el “rey secreto de la filosofía”, como se le llamaba en Friburgo, para conversar. El profesor los recibe afable, siempre dispuesto a compartir el té con ellos, o bien, ofrecerles un buen vaso de Markgräfler, vino blanco y ácido pero saludable y de buena calidad típico de esa región. La conversación fluye animada mientras afuera el clima cambia, lentamente oscurece y llega la hora de beber una buena taza de café acompañada con un postre, quizá una rebanada de Scharzwaldtorte (pastel Selva Negra), una tarta elaborada con crema, chocolate y frutos procedentes del bosque muy típica de la región y mundialmente famosa. Dicha merienda atizará la charla hasta que llegué el cansancio y los invitados se marchen o bien pasen allí la noche.

Podemos imaginar, según algunos relatos, que así transcurría la cotidianidad de Heidegger en sus anheladas montañas. Sin embargo, no hemos de olvidar que el profesor tiene una vida “allá abajo” a la que debe volver, alejado de sus caminos de bosque y del lento transcurrir del tiempo en las alturas. Lo hace a regañadientes. Allí en Friburgo Heidegger tiene otra vida, incluso su alimentación es distinta, ahora participa, poco y sin mucho ánimo, de banquetes organizados para los profesores universitarios o de reuniones de sociedad en las que se sirven platillos con alimentos procesados, hechos en masa y sin la curia ni la proximidad con que se come en la simpleza del campo.

 

Omar Carrera

Colegio de Filosofía de Xalapa

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