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Cultura política y sucesión presidencial

por Redaccion

Por las razones que sean, es un hecho que el proceso de sucesión presidencial ya se inició. La pregunta que me hago, observando los acontecimientos recientes, es si realmente nuestra cultura política ha cambiado al respecto. López Obrador insiste en que las cosas ya no son como antes y ciertamente, algunas cosas han cambiado, aunque no por él. Es verdad que las cosas ya no son como antes, desde hace mucho, simple y sencillamente porque el sistema político se ha venido transformando, en gran medida democratizando, lo que ha cambiado las formas y modos posibles de actuación política. Por dar un ejemplo de a que me refiero, el nombramiento de Enrique Peña Nieto como candidato del PRI a la presidencia ya no fue por dedazo, por el simple hecho de que el presidente en turno era panista. Así que la designación del candidato se hizo a partir de una correlación de fuerzas dentro del ese partido. Curiosamente, la noción del dedazo, es decir de la designación del candidato a partir de la voluntad omnímoda de una persona, ha vuelto por sus fueros con la 4T y el presidencialismo centralizador de AMLO. Lo cual fortalece la idea de aquellos que piensan que Morena no es más que una continuación del PRI y sobre todo de sus prácticas; en suma, que la 4T es la heredera de una vieja cultura priista, con los defectos, pero sin las virtudes que, como quiera que sea, desarrolló a lo largo de 70 años en el poder.

En la cultura política desarrollada por el PRI “el dedazo” era parte central del proceso de transición. Al dedazo le seguía “la cargada”, algo de lo cual vimos renacer en día pasados, con el grito de “presidenta, presidenta”. Antes, los posibles sucesores permanecían callados y “sin moverse” demasiado, pues cualquier intento de presión podía provocar reacciones contraproducentes. Después de esperar sumisamente ser el elegido, si la decisión no era la esperada, no había mucho que hacer; no había derecho de pataleo y el que se inconformaba con el resultado enfrentaba el ostracismo. Ahora, las cosas parecen haber cambiado, aunque no totalmente, pues los posibles candidatos continúan el proceso de sumisión total al presidente, aunque, esperando una señal, se atreven a decir “yo también quiero”. Pero en el fondo, saben que todo, o casi todo, depende de la voluntad del líder. Y en ese espacio, no creado por ellos, sino por el proceso de democratización general del país, es que quieren todavía hacer su juego. Si no son los elegidos se pueden ir a buscar la candidatura por otro partido; ya no tienen mucho que perder. Porque contrariamente a antes, cuando uno de los sectores del partido anunciaba la candidatura, se sabía que el juego había terminado. Pero ahora el partido dominante no tiene la solidez, la estructura y la cohesión necesarias para un ejercicio similar. La paradoja es que, si bien erosionada por el proceso de democratización y la alternancia, la cultura política de antaño sigue bien arraigada. López Obrador, es el mejor ejemplo de ello, pues, contrariamente a lo que dice, es alguien que todavía sigue inmerso en esa cultura, de la que salió y a la cual le sigue siendo felizmente tributario.

Roberto Blancarte

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