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La cultura del «usté disculpe»

por Redaccion

Tuvo que venir al Estado de México el inefable «Mijis», convertido en héroe de arrabal (sin capa, claro) para que por fin se destrabara el caso del profesor Germán Ramírez Valdovinos, encarcelado 21 años por «matar» hace dos décadas a una persona que, hoy por hoy, vivita y coleando camina tranquilamente en las calles de Estados Unidos. En efecto, gracias a un oscuro proceso judicial, su víctima andaba de parranda mientras él se pudría en la cárcel. No sorprende, estamos en México.

¿Cuántos Valdovinos más habrá ahí adentro? A saber, actualmente se hacinan en los 22 centros penitenciarios del Estado de México algo así como 32 mil 218 personas, seguramente no todos culpables ni todos inocentes. La incertidumbre de no saber cuál es cuál es lo que asfixia el más elemental de los derechos humanos.

Resulta además que esas fosas del desamparo están excedidas de su capacidad hasta en 130 por ciento. Es decir, el doble y más de lo que podrían albergar. Y no se trata de hospedar en el Hilton con servicio a la habitación a los reos, hombres y mujeres, sino en un espacio digno que cumpla la cacareada función de la reinserción social. De otra manera seguiremos especializando, a costa del erario, a delincuentes que entran robacarteras y salen secuestradores, extorsionadores y narcotraficantes.

La Ley de Amnistía recién aprobada en nuestro estado es un faro de esperanza para los que injustamente están tras las rejas, pero su marcha es un avance a cuentagotas, pues no hay poder humano que revise tantísimos expedientes dudosos de un día para otro. Y de un día para otro siguen ingresando decenas y decenas de nuevos prisioneros. Es un embudo, pues.

Tan solo en 2020 (ese año nefasto con el peor tramo de la emergencia sanitaria mundial) entraron muchas más personas la cárcel de las que salieron. La diferencia es un incremento de casi 2 mil 400 presos extra a los que ya había en 2019.

Algo tiene que cambiar en el sistema de procuración de justicia y en los tribunales, y urge. La solución dudosamente pasaría por la «fórmula mágica» de construir más penales. Hay que redefinir la entelequia esa de la prisión preventiva que se vuelve eterna. Hay que terminar, de una vez por todas, con el «usté disculpe». 

Sergio Villafuerte

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