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Doña Carlangas

por Redaccion

Con el imperio de las redes sociales muchas cosas han llegado para definir lo que somos. En particular modificando nuestra manera de hablar. La narrativa que se crea se extiende a otros escenarios, sobre todo los de la vida real. Frases como “Una camiseta que diga”, “Se tenía que decir y se dijo”, “Dejaré esto por aquí y me iré lentamente”, “No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas”, “No están preparados para esta conversación” y “Logro desbloqueado”, son ejemplos de ello.

Últimamente me ha dado por pensar que en mi interior reside una señora. Y la sospecha no es infundada. Comprendo que son tiempos de hipercorrección política y que la estereotipación es imperdonable, pero, como diría Juanga, lo que se ve no se pregunta. Con el imperio de la maldita pandemia y la vida doméstica a tope, mi doñita interior se ha dejado ver cada vez con más frecuencia.

Lo sé porque he invertido en una enorme colección de trastes de plástico, a la que nada más me falta llamar genérica y celosamente mis-topers. Lo sé porque he adquirido la costumbre de vaciar comida en contenedores más chicos cuando el recipiente original es muy amplio para aprovechar el espacio en el refri. Lo sé porque algo me dice que la obsesión por la limpieza y el orden no es sino una condición imprescindible de gente sana, en especial mentalmente.

En este sentido y acudiendo a la lógica de las redes sociales, esta época ha propiciado el desbloqueo de varios niveles de señora, muchos de ellos relacionados con el pipirín. Este fin de semana hice mi primera paella. Los enterados sostienen que la madre de todas las pruebas culinarias es el arroz. A mi entender, la paella es el santo grial del asunto. Además de conseguir el caldero obligado, que se llama paella y del cual toma su nombre el platillo; los ingredientes y ánimo necesarios, hubo que tomar un intensivo curso youtubesco por si las flais.

Y entonces sí, acudiendo a la instrucción aprendida en la escuela y a la formación exprés en paellas valencianas y en arroces con cosas, lo siguiente fue poner manos a la obra. Comparto con muchos cocineros que uno de los saberes que toda persona debe tener es respecto a la preparación de los alimentos. Y es que la experiencia de la comida adquiere un matiz distinto cuando se entra en contacto con el fogón.

Luego de la epifanía arrocera y el desbloqueo del nivel correspondiente tengo mayor idea de lo que implica cocinar. Es decir, el acto por el que se transforman ingredientes en producto final, donde se pone en juego la técnica y se entiende el resultado como parte de un proceso de comunicación en el que se articulan tradiciones, experiencia, gustos adquiridos y el deleite por consentir tanto el paladar propio como el de los demás. Y eso, aunque no es exclusivo del temple doñita, sí que ofrece un cambio de perspectiva.

Carlos Gutiérrez

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@fulanoaustral

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