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Ya estás ahí

por Redaccion

Meditar y escribir son acontecimientos íntimos en conflicto permanente. Meditar es querer ir a la nada y escribir es pretender controlarlo todo. Emmanuel Carrère casi nunca se repliega, es un autor que hace lo contrario a meditar cuando escribe: se expone abiertamente en sus libros. El más nuevo, Yoga, parece una crónica contemplativa que desvela cómo alguien realizado profesionalmente convive con una depresión profunda.

Digo crónica, pero tal vez sería más preciso invocar la ficción literaria. El escritor francés avisa en algún momento de su relato personal que las páginas siguientes van a ser mentira porque no quiere herir a personas cercanas. Cómo decir la verdad sin devastar a los demás es una pregunta retórica que encierra un código narrativo.

Otra posible razón estriba en una controversia, incluso legal, con su ex esposa, quien así queda fuera de la trama.

Novela, periodismo literario, memoria… no importa. Leí Yoga mientras cruzaba el Atlántico en barco y trataba de entender un mundo nuevo para mí. Cada día de esa travesía era desafiante, así es que buscaba tener mi terreno mental listo para la experiencia vivida, la cual, además, se centraba en el encuentro y reconocimiento de las otras personas que hacían el viaje, no en mí mismo.

Me gustó Yoga por la forma en que transmite la resistencia íntima ante los fantasmas acechantes de la realidad. Carrère ha escrito de psicópatas (El adversario), aventureros (Limonov), genios (Herzog), víctimas (De vidas ajenas), profetas (El reino) y ahora lo hace de una persona depresiva. ¿Cómo? A través de la meditación y la escritura ha indagado dentro de sí mismo. Su autoinvestigación es tan descarnada como calculada. He ahí un goce de esta lectura.

Me gusta que use la sabiduría budista: “Al comienzo de ese viaje, dice un poema zen, la montaña a lo lejos tiene aspecto de montaña. A medida que prosigues no deja de cambiar de aspecto. Ya no la reconoces, es una fantasmagoría que sustituye a la montaña, ya no sabes en absoluto hacia dónde te diriges. Al final del viaje reaparece la montaña, pero no tiene nada que ver con lo que percibías de lejos hace mucho tiempo, cuando te pusiste en marcha. Es de verdad la montaña. Por fin la ves. Has llegado. Ya estás ahí. Ya estás ahí”.

Ya estás ahí.

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