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Espíritu olímpico

por Redaccion

No pocos vecinos del barrio de Mixcoac grabaron para siempre el recuerdo del instante. En la punta del Parque Hundido (esquina coronel Porfirio Díaz) surgió de repente la antorcha amarilla-naranja de la felicidad efímera; perseguido por confundidos policías al trote y allá atrás, una motocicleta furtiva, el corredor izaba con la diestra la llama de su esperanza mientras con la mano izquierda iba saludando a los vecinos apilados sobre ambos lados de la avenida Insurgentes. Al llegar al cruce con la calle de Millet fue tacleado por un tamarindo (nombre coloquial de la policía de tránsito a la Pedro Infante) y entre muchos chiflidos y no pocos aplausos quedó como detenido, a punto de ser trasladado en la Julia a la Delegación (siendo la Julia el sobrenombre de las furgonetas que no patrullas de la policía capitalina).

Minutos después pasó la verdadera antorcha olímpica que sería luego elevada por la escalinata del estadio por primera vez en mano de mujer, pero los testigos jamás olvidarían la puntada del carnal que se armó de valor, se quitó los pantalones e improvisó un atuendo deportivo con su raída camiseta sin mangas, prendiéndole fuego a un cucurucho de periódicos salpicados de líquido para encendedores. Salió de los matorrales del Parque Hundido y se lanzó por la alfombra desierta de la Avenida de los Insurgentes en un lance de heroica y callada dignidad… como si él también fuera digno de encarnar el espíritu helénico en un lance en calzones, como si saludando a la plebe que lo reconocía sin creerlo se ganara una gloria pendiente o más bien, como si no hubiera habido una matanza de estudiantes y transeúntes apenas diez días antes en la plaza de Tlatelolco y en su arrebato revindicara la voz de los olvidados al filo de la inauguración pomposa, de miles de palomas al vuelo y globos de todos los colores con los que México fardaba ante el mundo entero el mariachi festivo de 1968.

El fulano era franelero del estacionamiento de la vieja panadería La Veiga y se hacía querer por los muletazos y remates de media verónica con los que toreaba los coches que él mismo ayudaba a acomodar en el parking… ahora que los aros volvieron a Tokio, queda la anécdota como ejemplo de que allende toda pandemia y desgracia hay que lanzarse a lo diario con el heroico empeño de cargar nuestra propia fogata de empeños y esfuerzos… aunque sea en paños menores.

Jorge F. Hernández

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