mayo18 , 2021

¿Nos tapamos todas?

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¿ Cómo es para una mujer caminar sola en la calle? Al dirigirse al trabajo, a la escuela o a una reunión, sin importar su edad, vestimenta o actitud, la gran mayoría vivirá en cada caminata un reto distinto, derivado de su condición de género.

Para algunas, el momento de consciencia llegó cuando al ser adolescentes y caminar con las amigas, alguien desde una bicicleta las manoseó; ahí ocurrió ese primer instante de impotencia, enojo y vergüenza, como si hubiera sido culpa de ellas. Para otras, la experiencia fue aún más fuerte, cuando comenzaron a sentir que las seguían al bajarse de un autobús, al salir de casa o de la escuela. Tuvieron esa sensación de miedo mezclada con urgencia de huir, ese nerviosismo que provoca ganas de llorar pero a la vez, la fuerza necesaria para seguir caminando y buscar cómo evitar ese posible peligro; es pasar del caminar al correr, es intentar perderse entre la gente si es que la hay, o de entrar en algún comercio para pedir ayuda. Es tener que marcarle a alguien para que venga a buscarla, tomar un taxi que no tenía previsto, cambiar de planes, de rutas, todo para evadir a la amenaza que podría tomar ventaja de cualquier descuido.

Tal vez no digan nada, tal vez no la toquen, pero que se toquen al verla, que le digan todo con una mirada libidinosa, el caso es que todo cambia para ellas.

A partir de ello, al ver uno o varios hombresa su paso, algunas se cambiarán de banqueta y tomarán una ruta más larga; tal vez haya quien decida tomar una falsa llamada en el celular mientras sigue mirando fijamente el camino, buscando evadirse de los “piropos” que van a proferirles, mientras caminan aprisa con incomodidad, nervios o miedo.

Antes de salir de casa iniciarán los planes para evitar momentos indeseables y de angustia: es posible que ellas prefieran tomar un itinerario más largo con tal de no pasar por una zona que consideran difícil, caminarán en contraflujo de los vehículos aunque signifique cruzar dos veces las calles, llevarán una vestimenta adicional que les cubra la ropa con la que estuvieron en el trabajo o la reunión social, para “tapar cualquier ocasión de piropo”.

Y no importa que esa niña, adolescente o mujer haya crecido en el mismo barrio o colonia por donde camina, a veces es imposible abstraerse de esa sensación.

También aprenderán a crear una red de apoyo y las amigas se pedirán las unas a las otras enviar su ubicación en tiempo real, mediante su teléfono celular, así como avisar cuando lleguen a casa.

Al final es como si la decisión de no ser molestadas o agredidas fuera completamente una responsabilidad de las mujeres. Ellas tendrán que reconsiderar el largo de la falda, la holgura de su ropa, lo elaborado de su maquillaje o peinado si no quieren ser molestadas en la calle. Es como si su obligación fuera ser invisibles para que los hombres no “sientan la tentación”.

¿Por qué son ellas quienes deben limitar su libertad y no los agresores quienes deben tener límites? ¿Por qué sin importar la cultura, el entorno y los años de vida en civilización, la sociedad no ha logrado aplicar una sanción eficiente a quien agrede física o verbalmente a una mujer (generalmente desconocida) en una situación circunstancial? ¿Será por ello por lo que la violencia intrafamiliar es tan difícil de erradicar?

Y ni qué decir de a quién se culpará si algo le ocurre a esa mujer: a su vestimenta, a su actitud, a su tacón, a la hora en la que estaba en la calle. La provocadora es ella.

Entonces ¿nos tapamos todas para que los hombres no sientan la tentación?

Sophia Huett

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